MUSIC FOR PEOPLE EN ESPAÑA con  Mary Knysh y Música con Corazón

LIBERA TU ALMA DE MÚSICO

Seminario de improvisación libre

Creemos que la música es un lenguaje extraño que proviene de fuera, lleno de teorías que la sostienen, de interminables leyes que le dan sentido y que nos esforzamos en ir asimilando una a una con nuestra mente racional, a la espera paciente de alcanzar algún día la dicha lejana de la excelencia musical. Creemos que tocar un instrumento es fundamentalmente cuestión de adiestrarse arduamente para conseguir poder tocar muchas notas creadas por otros, con precisión y soltura, esperando encontrar tras una ejecución perfecta, una íntima conexión entre nuestra alma y la música.

¿Cómo puede ser que pasemos horas y horas en contacto con la maravilla de la belleza que la música expresa y en cambio la emoción predominante con la que sinceramente estamos familiarizados en nuestros ratos de estudio, en nuestros conciertos y audiciones, sea  la insatisfacción y el miedo? ¿Por qué nos hemos resignado a ceder la dicha de la creación musical a otros y hemos desplazado nuestra experiencia real de ser músicos a la aprobación externa, a la consecución de un logro que nunca llega? Sin darnos cuenta hemos erigido un muro entre nuestras emociones profundas y nuestra imaginación sonora y nos hemos creado una insatisfacción que no tiene fondo. Creemos que la causa es una técnica deficiente, y seguimos machacándonos, ahondando en un lugar equivocado, donde no se perdió la satisfacción artística y libertad interior que anhelamos.

Si nuestros instrumentos musicales fueran la llave de nuestro paraíso particular, no nos forzaríamos en tocar piezas extremadamente complejas hasta el punto de hacernos daño fisicamente, ni rehuiríamos el tocar en cada oportunidad que se nos presentase, sin importar quién escuche o el tiempo que haga que no practiquemos. Si nos hubiéramos acostumbrado  a conectar con nuestra imaginación, con nuestro universo de pensamientos y sentimientos   y hacerlos sonido, si nos hubiéramos dado cuenta que siempre tocamos para nosotros mismos y que en ello hay un disfrute que nada tiene que ver ni con la habilidad ni con el nivel de conocimientos, ni con la dificultad ni complejidad de lo que se toca, ni por supuesto de la opinión que otros puedan forjar a base de compararnos con los demás, nuestra práctica musical diaria sería la más poderosa forma de conectarnos  y expresar lo más genuino de nosotros mismos.

Sencillamente nuestros profesores de música nunca nos enseñaron como crear música y como esa actividad creadora es precisamente la que nos permite acceder al archivo sonoro único e indestructible que anida en nuestro interior. Leer partituras y ser capaz de mecanizarlas y memorizarlas, para interpretarlas en un concierto y creer que eso es todo en la interpretación musical, es algo tan limitado como quedarse en la puerta de una maravillosa catedral, sólo imaginando las tesoros que hay dentro pero sin atreverse a entrar. Es evidente que el músico clásico está aquejado de un crónico destierro musical, alejado de por vida de la patria prometida y por eso se acerca a menudo a otros estilos musicales o a la improvisación estructurada, donde sorprendentemente le esperan más decepciones.

El enfoque de tocar toda una serie de notas al pie de la letra compuestas por otro o usar fórmulas, esquemas, estructuras fijas, escalas, patrones estandarizados o reglas generales para tocar o para improvisar, sea en el estilo que sea, no nos da la satisfacción artística que anhelamos, porque el enfoque erróneo de fondo sigue siendo el mismo: tocar “bien” imitando o siguiendo consignas de otros. Es nuestra errónea colocación interior la que nos impide acceder al manantial inagotable de la música.

Así se genera lo que yo lo llamo el sufrimiento oculto del músico, del que nadie habla pero que es causa de pánico escénico, de inhibición expresiva, de relación de amor-odio con el instrumento, de daños y lesiones físicas, de frustraciones y sufrimientos que pueden llegar a condicionar incluso gravemente la vida de muchos músicos o aspirantes.

Hace ya algunos años, en la búsqueda del paraíso perdido, conocí en la distancia Music for People, un programa de improvisación libre creado por David Darling en USA hace más de 20 años y que ha ayudado a músicos de todo el mundo a descubrir una nueva dimensión de realización artística. Los principios básicos de los seminarios que David Darling y su equipo de profesores, Mary Knysh, Jim Oshinsky, Lynn Miller, ofrecen son reveladores de su espíritu:

  • No hay notas equivocadas.
  • No hay juicios.
  • Apoya al miembro más débil del grupo.
  • El silencio es tu amigo.

Hacer música de calidad no tiene que ver con la precisión y la cantidad de notas con las que tocamos, o con la “corrección” con la que seguimos esquemas, sino la calidad de la propia presencia o conciencia en el momento en el que hacemos música. Ahondar en nuestra imaginación, establecer una conexión estrecha entre nuestras emociones y vivencias y el sonido que producimos, explorar, descubrir, crear, con absoluta  aceptación de lo que surge en cada momento, escuchar los sonidos de fuera, escuchar los sonidos que brotan dentro, un circuito de música viva y vivida.

Por fin el último verano aprovechando un viaje de estudios a USA, pude hacer un hueco en mi agenda y acercarme al que es cada año el seminario estrella de Music for People, llamado el Arte de la Improvisación, y que tiene lugar en la Universidad  de Fredonia, Nueva York, cada verano en sesiones intensivas de 5 días. Una mezcla de miedo y curiosidad infantil me llevaba de la mano a conocer por fin de cerca esta increíble comunidad musical.

Cuando entré en la primera sesión de tarde/noche en la enorme sala de la fabulosa facultad de Música de la Universidad, donde nos reuníamos al final de cada día para compartir experiencias musicales, una gran ola de alegría, vitalidad y entusiasmo me inundó proveniente de la música incesante que ya interpretaban los más de 40 músicos que estaban reunidos allí impacientes de celebrar con música su reencuentro. Hacer música era algo tan sencillo, inmediato y natural como respirar para aquellas personas, un flujo permanente de maravillosa energía, ondulándose en pequeñas y constantes transformaciones y que me empujó sin darme cuenta a sentarme en uno de los pianos para unirme a ellos.  Sin palabras, las manos buscaron su camino, por sí mismas, el corazón se expandió y la mente se vio inundada de ideas musicales.

La improvisación libre es algo tan bello, tan emocionante y satisfactorio que te transporta de manera inmediata a una conexión íntima contigo mismo y con tus compañeros de grupo. Y lo más increíble es que no existe ningún requisito para esta experiencia. Está absolutamente disponible para todo aquel que tenga el valor de relajarse, alejar cualquier juicio o expectativa y se abra a un flujo libre, espontáneo e incontrolable que fluye de su interior. Algo dentro de ti moverá tu mano, abrirá tu boca o moverá tu cuerpo y no sabrás que es, pero algo tuyo, tan íntimo que ni tú mismo lo conocías, se expresará y te dejará libre. Ante esta experiencia es probable que las lágrimas te inunden y te des cuenta que has llegado a casa, a un lugar que estaba tan cerca, como nunca podrías imaginarlo.

En la improvisación libre sale toda la gama de emociones humanas, lo delicado, lo sublime, lo grotesco, lo sensual, lo erótico, lo agresivo, lo satírico, todo dentro de la infinita consonancia que genera no haber dejado fuera ninguna posibilidad, ningún sonido. Todo conjuga con todo porque es genuino, porque es aceptado y tomado con reverencia, como fruto de lo que es y surge en el momento. Dentro de cada uno de nosotros hay un mensaje único que puede expresarse a través de la música y que nos otorga plenitud como músicos y seres humanos.

Las experiencias que se sucedieron a lo largo de aquellos intensos días llenarían muchas páginas y exceden los límites de este artículo, pero puedo asegurar sin duda que forman parte de las más significativas de mi vida como músico y como persona. Descubrir que tras los contornos delineados de lo que siempre creí que eran “las notas correctas” donde intentaba encajar a regañadientes a mi espíritu libre, había un universo de sonidos que fluían hacia mí y se organizaban de manera inteligente por sí mismos de forma adecuada para cada momento, fue como abrir una puerta de aire fresco y respirar profundo por primera vez en mi vida. La música se convirtió en arte, en lenguaje, en energía, en terapia, era profesora y alumna, intérprete y oyente, cantante, pianista y percusionista, bailarina y actriz, todo en uno.

Personas de todas las edades, desde familias con niños, hasta ancianos, músicos aficionados y grandes profesionales, músicos clásicos y raperos, compartían lo que todos aseguraban era lo que más disfrute les daba en la vida: hacer música y sentir la comunión que surge entre seres humanos unidos bajo el impulso de su genuina musicalidad.

Desde hace ya algunos años el programa de Music for People se realiza también en Europa, concretamente en Suiza, en un paraje paradisíaco de los Alpes y por suerte a partir de abril de 2015 tendremos en España dos veces al año estos seminarios en La Hospedería del Silencio (La Vera, Cáceres, www.hospederisdelsilencio.es), en abril y julio de 2015 serán los primeros,  gracias a Mary Knysh (www.rythymconnections.com) y a Música con Corazón (www.musicaconcorazon.com).

Para terminar este artículo me gustaría transcribir la experiencia que un gran amigo, Barry Green (contrabajista renombrado y autor del best seller mundial “The Inner Game of Music”), y participante en los seminarios de Music for People durante muchos años, narra de una de sus experiencias intensas en uno de ellos.

“Mi retorno al entusiasmo y deleite de la infancia tuvo lugar durante un ejercicio de improvisación. En esa sesión sentía especialmente una reconexión con mi contrabajo gracias al apoyo amoroso con el que me rodeaban mis compañeros.

Estábamos improvisando en círculo, y cada uno de nosotros teníamos que tocar por turnos un solo y terminarlo en una nota sostenida, lo que daba la señal para que la siguiente persona tocase su solo al mismo tiempo que se iba manteniendo cada nota como base. Entonces, el solo iba avanzando a lo largo del círculo y la base iba tomando textura según cada persona que acababa su turno iba añadiendo su nota. Yo estaba casi al final del círculo, de manera que cuando llegaba mi turno, había un rico y denso acorde sostenido en el aire, que serviría como base para mi improvisación. Se acercaba y se acercaba mi turno para hacer el solo y mis emociones me iban inundando. No tenía ningún sonido preparado. Me sentía casi paralizado.

Curiosamente y tal vez no por casualidad, la persona que hizo el solo justamente antes de mí fue la bailarina Barbara Feldman-Stein, que se movía en el centro del círculo. Era realmente bello y yo no quería tocar mientras ella estaba bailando arropada por las suaves sonoridades del grupo. Barbara parecía bailar con sus manos, flotando unos cuantos centímetros sobre el suelo, como si hubiera una estela invisible que la estuviese guiando. Quería unirme a ella pero no sabía cómo. De alguna manera me di cuenta que si ponía mi contrabajo en el suelo, en el centro del círculo, mi contrabajo quedaría inundando de la bella energía de la danza de Barbara.

Llevé mi contrabajo al centro de la sala y lo apoyé en el suelo sobre la parte trasera, y me senté cerca de él. Bárbara seguía moviéndose alrededor de nosotros, mientras yo rozaba suavemente el contrabajo, algunas veces  punteando las cuerdas por debajo del puente, otras dando golpecitos en la madera, otras frotando el lateral del instrumento. Enseguida, Bárbara se puso a golpear ligeramente el contrabajo conmigo. Sentí como si el contrabajo fuera el centro de esa bella atención y casi esperaba que todos los demás en el círculo se uniesen a Bárbara y a mí, tocando el contrabajo, pero de repente noté que estaba solo. Incluso Bárbara había desaparecido, no se sabe cómo.

 Mientras estaba ocurriendo todo esto, había un bello calidoscopio de sonidos en el aire, cada persona tocando una nota sostenida y todos juntos produciendo una bella armonía, con algo de color añadido de los instrumentos de percusión. Y bajo todo ello estaba la vibrante nota pedal del Didgeridoo.  Toda la textura resultaba reconfortante, incluso  amorosa, y de repente sentí como si todo ese amor fuese dirigido a mí, y me preguntaba si era como el ritmo de la vida que el niño escucha dentro del vientre materno.

No sabía muy bien qué hacer en este punto. No me sentía preparado para recibir tanta atención, ya que no estaba realmente tocando mi contrabajo. No había previsto esto cuando me aventuré dentro del círculo y puse el contrabajo bajo las manos de Bárbara. Giré el contrabajo, que estaba tumbado sobre la parte trasera, para ponerlo de lado. Suponía que este era el primer paso que daba para coger mi instrumento y regresar al círculo. Pero una vez que lo apoyé sobre el lateral, me pareció adecuado quedarme ahí un momento y no salir corriendo. Podía sentir un inmenso amor en los sonidos que todos estaban emitiendo. Era un momento lleno de ternura y cuidado, y me empecé a abandonar a esa pura belleza.

Puse mi brazo alrededor del contrabajo, cerca de la base, y comencé suavemente a acariciar la parte posterior en movimientos circulares, llenos de ternura. Y entonces me ocurrió. Mi respiración se hizo muy ligera, me vi a mí mismo aspirando el aire mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Oh no, aquí viene! ¿Hasta dónde va a llegar mi vulnerabilidad? ¿Cuánto más desnudo puedo llegar a sentirme en el centro del círculo, en el suelo con el contrabajo entre mis brazos? No pude reprimir mis emociones por más tiempo. Las compuertas se abrieron. Y lo que era agudo pudor y turbación se transformó en aceptación. No dudé en dejar salir mis lágrimas, lloré libremente, como un niño.

Enseguida fui capaz de volver a mi lugar en el círculo.

No había tocado ni una nota pero había sido sin duda el más intenso y poderoso solo de contrabajo de mi vida. 

No entendí en aquel momento aquella espontánea catarsis emocional. No me di cuenta al principio que había experimentado, a mi manera, un regreso a la infancia y por supuesto mi retorno incluía una amorosa e intensa conexión con la música. Había pasado mucho tiempo desde que me había sentido así por última vez, había olvidado cuánto amaba la música y a mi contrabajo, mi voz musical.

Me encontré a mí mismo abrazando el contrabajo como si lo hubiera desatendido todos aquellos años. Había pasado mucho tiempo desde que no sentía ese amor por la música, esa libertad de expresarme a mí mismo con mi contrabajo, ese amor por amigos y compañeros. Pero ahora había regresado. A través del pasadizo del amor y de la emoción, había regresado a la infantil pasión que había tenido por la música cuando comencé con el contrabajo. Estaba en casa otra vez. 

 No lo supe en aquel momento, pero me di cuenta en retrospectiva que esas lágrimas eran realmente lágrimas de alegría. Eran lágrimas por contemplar la belleza, por experimentar un amor hacia mi contrabajo que no había experimentado desde mi juventud. Todo el proceso fue en realidad una celebración, aunque fue también una experiencia extenuante, emocional y de alguna manera turbadora, para mí. Fue sólo más tarde, cuando escuché a mis amigos en el círculo darme las gracias por lo que me había ocurrido, cuando llegué a comprender totalmente que era correcto ser tan vulnerable. No tuve ninguna elección en lo que me ocurrió, he de decir sinceramente, esta experiencia casi indescriptible simplemente ocurrió y pude aprender de ella. 

Y todo esto es parte de lo que David Darling llama “participación sin ego”, puedo verlo ahora. Es correcto, es más que correcto, es algo muy positivo dejar a tus emociones que emerjan y sentirte turbado y vulnerable, incluso aunque estés muy acostumbrado a ocultarlas.

Ha habido muchas ocasiones desde aquel día en que me he sentido inundado de emoción al hacer música y cada vez regreso a la experiencia en el círculo con mi contrabajo. Aprendí que como artistas, debemos de estar preparados para mostrar nuestras emociones, todas nuestras emociones, dejarlas libres. Si las mantenemos ocultas como adultos “maduros”, estamos velando nuestra inspiración. Podemos pensar que tenemos que actuar de manera fría y profesional, pero nuestro público no quiere una experiencia velada. La gente no quiere que la emoción que hay en la música sea censurada. Si nos contenemos,  estamos estafando al público.

Si dejamos de sentirnos turbados por mostrar nuestras emociones, podremos sentir auténtico entusiasmo al hacer música, podremos llorar, nos habremos hecho transparentes, desenfadados y asombrados por la belleza de los sonidos que producimos. Ooooooh! Es otro de los mantras de David Darling.

Cada uno de nosotros tiene que encontrar su camino de regreso a la infancia, al niño que llevamos dentro. No soy psicólogo. Simplemente te digo que debes visitar este “lugar”, y desde este “lugar” es desde donde necesitas expresarte a ti mismo. Puedes regresar allí cada vez que quieras, y quién sabe? Quizá sea una buena terapia, también…”