1. En clase

ALBERTO

Alberto es un niño de 8 años que ha empezado hace 6 meses a estudiar guitarra en el Conservatorio de la capital. Para ir a recibir su clase semanal de 60 m. ha de coger el tren en el pueblo donde vive y viajar durante 55 m. Además tiene clase colectiva otro día a la semana,  también 60 m., y lenguaje musical dos veces a la semana 60 m. cada día. Esto supone tener que desplazarse hasta el Conservatorio tres días a la semana, lunes, miércoles y jueves.

Hoy es miércoles y tiene a las 6 su clase de lenguaje musical y a continuación de 7 a 8 su clase de guitarra. Llegará, como todos los miércoles, casi a las 10 de la noche de regreso a casa.

Abre la puerta del aula y ve como el profesor aún está dando clase a otro niño que siempre va delante, pero que no sabe cómo se llama. Este niño toca mucho mejor que él y por eso siempre se siente un poco cohibido, incluso no se atreve ni a saludarle. Se sienta en un rinconcito perdido entre las sillas desordenadas del aula, aunque no sabe muy bien si es ahí donde debería sentarse o que otra cosa debería hacer. Espera impaciente su turno mientras siente como se le encoge levemente el estómago y su corazón late con fuerza.

Por fin, el niño “portentoso” se levanta de la silla, guarda su guitarra en la funda y se despide del profesor que le sonríe satisfecho. Una vez más, ni siquiera le ha mirado. Es más alto que él, pero Alberto no sabe cuantos años tiene. De nuevo no sabe que hacer, ¿esperar a que el profesor le llame?, ¿acercarse?…Ve como el profesor, de espaldas a él, se entretiene en ordenar algunos papeles y toma algunas notas. ¿Qué estará haciendo? Después de un rato, que a Alberto le parece eterno, el profesor se gira y le dice:

-Pero ¿qué haces ahí, hombre? Deberías haber sacado ya la guitarra de la funda y estar preparado para comenzar la clase.

Alberto se levanta precipitadamente de la silla y golpea la guitarra contra la silla de al lado.

-¡Ten cuidado con la guitarra! Si la rompes no te van a comprar otra nueva, -le advierte el profesor con un deje de ironía.

Saca la guitarra, coge la carpeta de sus partituras y se encamina vacilante hacia donde el profesor continúa con la mirada perdida entre los papeles. ¡Qué sensación tan extraña, parece que sobre la espalda llevase una piedra que a duras penas pudiese arrastrar! Por fin llega a la silla donde debe sentarse para recibir su clase y cae derrotado sobre ella. Ahora su corazón atruena en la sala y sus manos también se han vuelto de piedra, frías, como ajenas. Tiene la sensación de que la canción que tenía que practicar esta semana y que en verdad lo ha hecho, se le hubiera olvidado totalmente. ¡Dios mío no recuerda ni como empezaba!

El profesor, por fin deja de manipular los papeles y se aproxima sonriente hacia él. Le da unos golpecitos en la espalda mientras le dice:

-Bueno hombre, ¿por qué estás tan encogido?, ¡no te voy a comer! Siéntate bien y coge la guitarra como ya hemos aprendido. Ten cuidado en como pones tu mano izquierda, ya sabes que es la más difícil y es la que más nos cuesta relajar.

Alberto busca la posición que con tanta insistencia le pide siempre el profesor y ante la cual comienza a hacer sus primeros gestos de desaprobación, acompañados de frases como: “un poco más curvado este dedo”, “la muñeca no debe estar en punta”, “cuidado, cuidado, ya te he dicho muchas veces que no debes volcarte así hacia delante”.

Después de unos minutos de forcejeo con la guitarra, el profesor parece darse por rendido, más que por satisfecho, y le pregunta:

-Bien Alberto, tócame la canción que te mandé estudiar esta semana. ¿Has estudiado bastante?

Alberto ahora siente como si el corazón se le fuese a salir del pecho y asiente tímidamente con la cabeza. Pero, ¡horror!, ahora debe soltar otra vez la guitarra para coger la partitura, colocarla sobre el atril y poder tocar la pieza que el profesor le pide. ¡Con el trabajo que le había costado cogerla! Se decide a hacerlo y abre su carpeta dentro de la cual aparece un librillo titulado “Tocar la guitarra de manera fácil”. Lo abre por la página 25 y aparece una breve partitura que lleva el número 60 delante. El profesor le ayuda a ponerla sobre el atril y le señala con un gesto que debe sentarse de nuevo.

Alberto empieza a tocar pero como ha comenzado mucho más rápido que en casa, enseguida se equivoca y se tiene que parar.

-Tranquilo, Alberto, tranquilo, empieza otra vez, no corras tanto- le dice el profesor.

Alberto comienza otra vez y esta vez sí consigue llegar hasta el final. ¡Menos mal!¡Creía que no lo iba a conseguir, poner todas las notas en su sitio!

El profesor comienza a enumerar una serie de fallos mientras garabatea incomprensiblemente su partitura: has perdido totalmente el ritmo, esta figura no deberías hacerla con esta digitación, no haces el crescendo que te dije y además se te ha olvidado corregir esta nota falsa que te señalé el otro día. “No me gusta tener que corregirte las cosas 50 veces Alberto”, le dice el profesor, “presta más atención”.

Es increíble que el profesor encuentre tantas pegas, con lo asombroso que le parece a él haber sido capaz de llegar hasta el final. Lo intenta en casa una y otra vez aunque raramente lo consigue. Pero como Alberto quiere agradar a su profesor, pone todo su empeño en corregir esas cosas que él le dice, pero es más difícil de lo que parece. El ritmo es imposible cazarlo porque siempre se escapa, cambiar una digitación es inútil cuando ya se ha aprendido otra, el crecendo nunca está en el punto correcto y la verdad es que, aunque no se atreva a decírselo a su profesor la pieza es mucho más bonita con la nota que él ha cambiado.

De manera que así como antes se dedicara a forcejear con la guitarra, ahora ha de hacerlo con esta pieza que acaba así por convertirse en un extraño galimatías.

-Muy bien, ahora está mucho mejor, -le dice el profesor satisfecho.

Pero la verdad es que él no está muy convencido de poderse acordar en casa de tantas cosas, ¿y si luego las olvida?, ¿qué le dirá el próximo día?

Después de terminar esta pieza el profesor le explica unas posiciones nuevas y le hace realizar algunos ejercicios. Para ello le pone el metrónomo.

Finalmente le señala la pieza nº61 de “Tocar la guitarra de manera fácil” y le dice que ha de aprendérsela para el próximo día. Le pregunta si han dado ya el compás de 6/8 en la clase de lenguaje musical porque es necesario para esta pieza. ¿Qué será eso del 6/8, él todavía no se sabe bien la tabla del 6, sólo ha llegado hasta la del 5, pero que sabe el profesor de guitarra del colegio y de las matemáticas? ¡Qué extraño! Como Alberto finalmente dice que no, entonces se salta hasta la lección nº68 y le dice que entonces harán aquella. Le explica las notas nuevas que aparecen y como ha de tocarlas en la guitarra.

-Bueno Alberto, espero que esta semana estudies más y que pongas más atención  en las correcciones que te he hecho. Has de tocar también el ejercicio que hemos hecho hoy con el metrónomo. Piensa que para aprobar este primer curso hemos de llegar hasta la lección nº112 y aún nos quedan muchas. Hasta la semana que viene.

Alberto empaqueta su guitarra y sin querer la golpea de nuevo contra el suelo. ¡Menos mal que ahora el profesor ya está distraído con sus hojas y apuntes y no se ha dado cuenta! Detrás de él va siempre una niña que es mucho mayor que él, ¡seguro que también tocará mejor!

Fuera le espera su madre y juntos se dirigen a la estación. Su mano derecha agarra con firmeza la funda donde se esconde su guitarra, perdida en un lugar ajeno e inaccesible, como aquel tenue hormigueo del codo que cuando sintió por primera vez, en el tren de regreso a casa, confundió con la fresca vibración de la ventana donde lo apoyaba. Con el suave traqueteo del trayecto, Alberto se queda dormido con su cabeza abandonada sobre el hombro de su madre. Alguien parece quererle clavar un alfiler en el codo, él se resiste y se despierta sobresaltado. Cuando aparecen bajo la luz de las farolas las primeras casas de su pueblo, se levanta todavía adormecido. Su madre le mira sonriente, le da un beso y le lleva su guitarra hasta casa.

LAURA

Laura sale del colegio y le está esperando su madre para llevarla a la Escuela de Música que hay enfrente de su casa. Hoy es su primera clase de piano. Le parece casi un sueño que haya llegado este día. Desde muy pequeñita ha visitado cada semana ese edificio que observa con claridad desde la ventana de su habitación, situada en la quinta planta de un edificio alto. Siempre le ha gustado mirar por la ventana como entran los niños, llevando estuches de curiosas formas, en aquel edificio alargado y chaparrete, en cuya entrada principal hay unas enormes letras rojas que cuando aprendió a leer supo que decían: “Escuela de Música y Danza”.

La semana pasada fue su cumpleaños, cumplió 6 años y ese mismo día se le cayó su primer diente. Es increíble que le pasen tantas cosas importantes en tan poco tiempo, eso le hace sentirse una persona realmente especial.

Su madre le ha llevado un pequeño bocadillo para que meriende antes de la clase, pero Laura apenas puede tragar bocado por lo impaciente que está. Entran en el vestíbulo de la Escuela que ya le resulta familiar, puesto que lleva viniendo desde que tenía un año una vez a la semana a la clase de Música y Movimiento. Allí se encuentra con  algunos de sus amigos, Arturo lleva un estuche pequeño y alargado y le cuenta que hoy tiene su primera clase de flauta, María corre hacia ella y le dice que se vaya a jugar, pero Laura le responde que no puede porque le está esperando su profesora de piano y no quiere llegar tarde.

Sube las escaleras que conducen hacia el aula de la mano de su madre y siente como si el corazón se le fuera a salir del pecho, casi le dan ganas de volverse e ir a jugar con María, pero siente la mano firme de su madre y escucha como ésta golpea suavemente la puerta que pone “Aula de Piano”. Se oye una voz que dice “Adelante”.

Laura ve a una chica muy sonriente que se acerca hacia ella y le dice: “Bienvenida Laura, hoy es un día muy importante para ti y por tanto también lo es para mí. Pasa y te presentaré a algunos de tus compañeros, juntos haremos música”. La agarra de la mano, que abandona así la de su madre, y ve como con un gesto le indica a ésta que ya puede marcharse. Laura ni siquiera la ve cerrar la puerta porque un pequeño corro de niños sentados en el suelo capta su atención. Entre ellos descubre a Iciar y a Irene, dos de sus compañeras de música y movimiento. Hay también otro niño que no conoce.

La profesora la conduce de la mano hasta una percha donde le indica que puede colgar el abrigo. ¿Sabes quitártelo tú solita, verdad?, le pregunta confiada. Laura asiente con la cabeza mientras se desabrocha la cremallera de su anorak. Después le agarra de nuevo de la mano y la acompaña hasta donde están los otros tres niños. Sus amiguitas la sonríen y le hacen gestos de bienvenida con la mano. Se sienta entre Irene y el niño nuevo. Su corazón aún late con fuerza y se siente un poco cohibida.

Ve que la profesora comienza a cantar una canción de las muchas que Irene se sabe de la clase de Música y Movimiento, mientras su cuerpo se sumerge en el flujo invisible de la melodía. Todos los niños comienzan a moverse también, con tanta naturalidad que hasta el recién llegado, no puede evitar ser arrastrado por la magia que comienza a invadir el aula. Se ponen de pie y comienzan a explorar cada rincón de la clase, dónde descubren todo un mundo de objetos sonoros que se divierten en hacer vibrar. De vez en cuando la música se detiene, el cuerpo se detiene y así se despierta esa voz en la cabecita dónde se escucha con claridad la  nota más importante de la canción. La profesora a veces les pide que la canten, a veces, sólo que la escuchen. Después aparecen otras dos canciones más de colores muy diferentes, una de ellas es nueva para Irene, pero en seguida ha recordado que se parece mucho a una que le canta su madre para dormir y que aprendieron juntas en la clase de música, cuando Irene empezó a ir, al cumplir un año. Una oleada de ternura le recorre la espalda y le hace sonreír. Después la profesora comienza a conversar con ellos utilizando esas palabritas musicales, que rondan en su cabeza  durante todo el día, esperando ese momento para salir y encontrarse con nuevas palabritas. Ahora ya sabe que se llaman patrones y además es capaz de inventarse patrones diferentes de los que la profesora le dice.

Finalmente la profesora coge un gran pandero y comienza a percutir un patrón rítmico y todos comienzan a marchar en corro siguiendo el ritmo del pandero. La profesora va marchando de formas muy diversas y ellos la van imitando. Después les da un ligero toque a cada uno con el palo del pandero y deben así tomar por turnos la iniciativa. También intentan marchar como un oso, como un gato, como un pato, como un canguro, como una mariposa y el niño nuevo dice que quiere marchar como Bugs Bunny. ¡Qué ocurrencias! Finalmente, cada uno va improvisando su propio patrón rítmico.

Por fin la profesora hace un gesto y todos se sientan en el suelo. Se tumban y con la mano sienten como la respiración y el corazón se van tranquilizando. La profesora les pide que cierren los ojos y que escuchen con mucha atención porque algo inesperado va a ocurrir. Comienza a sonar una canción muy suave en el piano. La profesora canta una canción que dice:

“Hoy es un gran día porque todos nos vemos aquí,

en nuestra clase de piano nos vamos a divertir.

Mi nombre es Margarita pero Marga me puedes llamar,

Soy tu profesora y conmigo mil canciones vas a tocar.”

-Soy como un encantador de serpientes comenzaré a tocar y al decir vuestro nombre deberéis comenzar a bailar al son de la música y con los ojos cerrados venid hacia donde oís el piano, -les dice a los niños que aún permanecen con los ojos cerrados tumbados en el suelo.

Los niños van oyendo sus nombres de uno en uno y se acercan balanceándose, al son de una música suave, hacia el piano. Al llegar allí la profesora les recibe, les indica que deben continuar con los ojos cerrados y les hace abrazar el piano mientras ponen su oreja pegada a él.

-¡Qué increíble, como se oye, parece que el sonido se te metiera por la tripa y la cabeza!, -piensa Laura llena de fascinación.

Todos se dan las manos, la profesora deja de tocar y les dice: “Ya podéis abrir los ojos”. En medio del corro ¡hay un piano reluciente, con ojos y boca sonriente!

“Buenas tardes Concertín”, -le saluda la profesora cantando. Hace gestos para que los niños también le saluden con la misma música y así lo repiten varias veces. Después dice:

“Buenas tardes Concertín, Marga te saluda”. Cada niño va saludando al piano.

Ahora ya sin cantar la profesora le presenta a Concertín a los nuevos pianistas. Todos dicen le dicen su nombre, los años que tienen y las muchas ganas que tienen de conocerle. Cada vez que un niño le saluda, la profesora dice:

“Espera, espera, creo que Concertín quiere saludarte”, se acerca al piano y toca una melodía.

Finalmente la profesora le pregunta: “¿Nos dejas que te hagamos cosquillas y te miremos debajo del jersey?” Todos los niños ven como Concertín asiente con la cabeza y comienzan a explorarle. La profesora empieza a abrir tapas y más tapas y ¡que gracioso, se ven las costillas de Concertín, su barriga, sus pies y su inmensa boca llena de dientes! Cada niño va diciendo lo que ve y descubre e intenta adivinar para que sirve y de que material está hecho. Cuando comienzan a hacerle cosquillas, en todas partes, Concertín se ríe con el sonido seco de la madera, con la atronadora resonancia de las cuerdas cobrizas y con el penetrante soniquete de sus hilos de plata.

Después de un rato la profesora dice que Concertín está cansado y tiene frío y entre todos le ponen la ropa. Todos le dan un beso y le dan las gracias.

Vuelven al corro. La profesora les explica que a partir de la próxima clase trabajarán de dos en dos, por eso  va a hacer dos grupos de dos niños cada uno. Además también habrá un ratito cada día en el que jugarán todos juntos. Hacen un juego de adivinanzas para formar los grupos y a Laura le toca con Iván, que así se llama el niño nuevo.

Marga les pregunta que de que manera han marchado antes y todos empiezan a explicarlo: con la pierna derecha por delante, a la pata coja, a saltitos, de lado, hacia atrás. Les pregunta que si también se puede marchar con las manos, por Concertín, y todos contestan a coro que sí. Marga coge el pandero y se ponen de pie. Empiezan a marchar y después intentan trasladar la misma forma por el teclado, con un brazo, con dos brazos, con la palma de la mano, con la puntita de los dedos, en las teclas blancas, en las flores de dos y de tres pétalos negros. ¡Qué divertido! A Laura le parece que Concertín se estuviera sonriendo.

Después de marchar como cientos de animales por el teclado, eligen los que más les han gustado, los organizan entorno a un estribillo para así interpretar la versión definitiva de “El gran desfile de los animales” op 1. Marga les explica que es la primera composición que  han hecho entre todos y para que no se les olvide y después la puedan escuchar la graban en su grabadora. Finalmente todos se sientan exhaustos en el suelo para escuchar la grabación y estallan en sonoras carcajadas.

Para terminar la clase, todos deben acercarse por turnos e inventar una canción de despedida para Concertín. Laura se acerca al piano y ve esa inmensa extensión de teclas blancas y negras y no sabe cuales tocar pero sus deditos sin pensarlo comienzan a acariciar con delicadeza las negras, ¡no quiere hacer daño a Concertín! Sale una melodía inesperada que de tan fugaz apenas si la escucha. Vuelve al corro.

Marga les dice que todos deben comprarse un piano, ponerle un nombre y traer una foto a la clase para que así todos podamos conocerlo. Les da un beso de despedida y les ayuda a ponerse los abrigos.

Laura sale de la clase saltarina y alegre, canturreando la canción de Concertín. Ahora le gustaría comerse el bocadillo que dejó antes y otros cinco bocadillos.¡Qué hambre!, ¡qué ganas de jugar y saltar! Cuando ve a su madre, que la espera al otro lado de la puerta y le dice: ¡cuéntame como te ha ido!, realmente se vuelve a sentir como una persona muy especial. Se despide con un leve saludo de sus amigos aunque de Iván aún siente un poco de vergüenza, pero ve como él la mira de “reojillo”.

Esa noche, como cada noche, su madre le da un beso y la arropa para que esté muy calentita. Después cierra la puerta y le dice: “mañana iremos a comprar tu piano”. Ya totalmente a oscuras Laura se desliza fuera de la cama y se asoma a la ventana. Observa las luces apagadas de la Escuela de Música y piensa que “Concertín” ya estará durmiendo y también Marga, la profesora, e Iván e Irene e Iciar. ¿Qué nombre le pondrá a su piano?, no es fácil encontrar un nombre para un piano pero seguro que se le ocurrirá alguno. Se mete de nuevo en la cama y pronto se queda dormida. Sueña que va volando en un globo con Marga ¿o tal vez es su madre?, y con Iván, e Irene e Iciar y en el suelo en vez de flores sólo se ven teclas de  piano.

Por la tarde

Al terminar de merendar, Alberto, como cada día, tiene que coger su guitarra y ponerse a practicar. Apura los últimos sorbos de un vaso de leche interminable, con parsimonia, observando abstraído las formas blancas deslizarse fugaces por el vidrio, como aferrándose a una existencia imposible. Hoy ha sido un día especialmente duro, control de matemáticas, han perdido un partido de fútbol y por si fuera poco se ha peleado con Miguel, su mejor amigo. Realmente no tiene ningunas ganas de sentarse a tocar, pero Alberto sabe que su madre no le perdona su hora diaria de estudio, sobre todo desde que ha comenzado el tercer curso de guitarra. Este año las obras que su profesor le pone son mucho más difíciles que las del año pasado y le recalcó muy bien el primer día de clase que esperaba de él un gran rendimiento.

-Ya sabes, Alberto, que para poder sacar este año un sobresaliente, como el curso pasado, has de trabajar aún más, -le dijo mientras le miraba lejano desde su muro de papeles garabateados. ¡No espero menos de ti!

Esa sentencia le cayó a Alberto como un fardo pesado dentro del vientre, como el balonazo seco que David le asestó al comienzo del partido de hoy y que le hizo retorcerse durante un rato en el suelo.

Se dirige por el pasillo hacia su habitación donde tiene su rincón de estudio. Es curioso pero camufladas entre las vetas imprevisibles de la tarima del suelo, va descubriendo figuras que nunca antes había visto: un perro tumbado boca arriba, un ogro de dos cabezas, un coche con cinco ruedas, una fábrica de chocolate y una gallina con sus polluelos de distintos tamaños. Todos parecen deseosos de jugar con él, incluso parece escucharse sus llamadas: ¡Alberto, Alberto, Alberto! Además ahora se acuerda que tiene que devolverle a su hermano unas canicas que le prestó, ¿cómo terminará el libro que está leyendo?, pensándolo bien se ha quedado con hambre y aún quedaban dos galletas en la caja, ¡regresará a la cocina!

-¡Alberto!, -se oye contundente la voz de su madre procedente de la sala de estar-. ¡Todavía no oigo la guitarra!

Como por encanto desaparecen el perro, el ogro, el coche, la fábrica y la gallina con todos sus polluelos y Alberto entra en su cuarto. Coge la guitarra y comienza a tocar el estudio de Carulli, es su pieza preferida, con la que consiguió el sobresaliente en el examen de 2º. Le encanta tocarla muy deprisa, probar cada vez más deprisa, pero al final los dedos se le hacen un lío y debe volver a empezar una y otra vez. Lo malo es que cuando ya la ha tocado tres o cuatro veces, comienza a dolerle el codo y después el hombro. Un día al final del curso pasado le dolía tanto que ya no pudo aguantar más y se lo dijo al profesor.

-Eso te pasa porque no tocas relajado. Procura relajar el brazo y ya verás como ya no te duele, -le advirtió sin darle demasiada importancia.

Pero no sabía muy bien que quería decir esa palabra, “relajarse”…Se esforzaba una y otra vez por “relajarse”, pero el dolor aún seguía allí, sobre todo cuando tocaba aquella pieza que tanto le gustaba, porque se tocaba muy rápido,  y pensó que sería mejor no decirlo más porque sino el profesor se daría cuenta de que no sabía “relajarse”, y no podía decepcionar al profesor, no podía dejar de sacar sobresaliente.

-¡Alberto!, -se oye de nuevo resonar la voz de su madre a través del pasillo. Toca el estudio nuevo, que ese ya te lo sabes muy bien.

Alberto coge el libro de los estudios de Fernando Sor y lo abre por la página donde comienza el estudio que su profesor a elegido para él. ¿Qué querrán decir esas siglas OP que aparecen al principio de cada obra? Lee las primeras notas y las toca vacilante en la guitarra. En el tercer compás se equivoca. Vuelve a empezar, ahora las primeras notas un poco más rápido porque ya se las sabe. Se ha confiado demasiado y ahora se para al final del primer compás. Comienza de nuevo, ahora llega hasta el mismo sitio que la primera vez. Otra vez al principio y otra vez y otra y otra y otra. Ya llega al quinto compás. Se oyen dar las siete en el reloj del pueblo y Alberto sabe que aún le queda media hora de estudio y ya le está doliendo el hombro. Cuando se quiere dar cuenta  está tocando otra vez el estudio de Carulli, ¡le sale tan fácil!

-¡Alberto!, ¡que eso no!, -llega puntual la advertencia materna.

Parece mentira que Miguel se enfadase tanto porque no le prestó su bolígrafo nuevo. Debería comprender que el primer día que uno tiene un bolígrafo no quiere dejárselo ni a su mejor amigo. Mañana se lo ofrecerá él mismo nada más llegar al colegio y seguro que así se contenta enseguida. Sin Miguel en el recreo se siente como perdido. Está seguro que por eso perdió el partido de fútbol, no podía concentrarse. De fondo, como la música del tiempo, se oyen deslavazadas las primeras notas del estudio de Fernando Sor. ¡Este compás me sale siempre mal!, -piensa Alberto impacientándose- lo repetiré muchas veces como dice el profesor, ¡es muy difícil el tercer curso!

-¿Qué tal cariño?, -le dice su madre asomando la cabeza por la puerta del cuarto.

Alberto se pone de pie y le pregunta si ya puede dejar de estudiar porque aún tiene que hacer los deberes. Su madre le dice que puede jugar un ratito antes de ponerse con ellos. Alberto va a buscar a su hermano, ¡ojalá no se acuerde de que le dejó unas canicas!

 

Mozart y el niño tibetano

Tumbada sobre la cama de su cuarto escucha la puerta de la calle cerrarse tras los pasos retumbantes de sus padres. En la cocina se oye trajinar a Olga, la chica que ayuda en las tareas de casa. Laura hoy no irá al colegio porque ayer por la noche mamá le tomó la temperatura y tenía 38º. Ahora por la mañana no tiene fiebre pero decidieron que se quedara en casa, por si acaso.

La niña se desliza dentro de sus zapatillas de tigres peludos y se acerca a Simón, que aún duerme. Le abre la tapa y decide despertarle con tres notas, fa# do# y mi. Comienza muy despacito a tocar el ritmo del despertar que Marga les enseñó improvisando sobre esas tres notas. Pronto empieza también a cantar: “Simón levanta, ya te abrí la tapa, Simón despierta que hoy estoy contenta”. Se imaginaba al piano bostezando y estirando unos brazos muy largos y fuertes, como si fuesen el tronco del árbol que le dio su madera. Después el fa# con el mi se convirtió, en el registro agudo, en un estridente despertador y el do# retumbaba en los graves como una campana. Le recordaba una película que había visto el fin de semana con sus padres sobre un niño tibetano que vivía en un monasterio desde pequeñito y al que había visto tocar un gong inmenso para llamar a sus compañeros. A ella también le habría encantado sentarse en un trono para tocar ese gong y ver como todos acudían a él como hechizados, pero en cambio no podría soportar que le rapasen el pelo, ni que le diesen de comer cosas raras.

-¿Has visto Simón?, ahora suenas como un gong tibetano, -le explicaba Laura a su piano tocando con fuerza el do# más grave.

Después probó a tocar las tres notas juntas y le pareció que si las tocaba muy suave estaban llenas de misterio. Las escuchaba atentamente, cerrando los ojos, hasta que las sentía resonar en la tripa y en la cabeza, como aquel día inolvidable en que se acercó por primera vez a Concertín, el mejor amigo de Simón. De pronto le pareció que era un barco que se deslizaba por un lago en calma.

-Vamos Simón, busquemos a algún niño que se quiera subir, -pensaba Laura mientras comenzaba a investigar por el teclado.

Pronto encontró que el sol# con el la sonaba muy bonito dentro del barco y también el re# con el mi.

-Muy bien, seréis Flip y Flap, -seguía imaginando la niña.

Pronto el barco comenzó a agitarse con una terrorífica tempestad, se oía implacable el gong del monasterio, el estridente sonar del despertador y Flip y Flap estaban aterrorizados. Al final había un gran naufragio y todos los fas#, los dos# y los mis, se desparramaron por el teclado hasta perderse de vista, en la lejanía. De la tripa pareció salir, profundo, el último do#.

Laura se levanta de la banqueta del piano y se acerca a su escritorio. Coge las pinturas y comienza a dibujar a Flip y Flap sobre el barco, el gong, el despertador y el niño tibetano. Entra Olga con una pequeña bandejita con un cola-cao y unas galletas maría y la pone sobre el piano.

-No Olga, no lo pongas ahí. Si se cae encima de Simón puede hacerle mucho daño. Ponlo aquí en el escritorio, -le advierte la niña.

Laura continúa dibujando mientras desayuna y sobre una galleta maría sube dos Playmobil que son Flip y Flap y la pone a navegar en el cola-cao.

-Llega la tormenta, -dice Laura mientras agita el vaso. ¡Olga, ven que se ha manchado la mesa!

Ahora ha llegado el momento de dar de comer a Simón. Marga les ha explicado que todos los instrumentos tienen un duende en su interior y cuando comenzamos a tocarlos se instala dentro de nosotros y comienza a susurrarnos canciones. Por eso debemos hacerle como un huequecito, por dentro, y aprender a escucharle. El duendecillo, que en realidad es el alma de Simón, se alimenta de piezas musicales y así poco a poco se va haciendo grande y fuerte.

Esta semana Marga les ha dado para que coma el duendecillo una pieza de Mozart, el minué en Sol Mayor. Mozart es  un niño que no tiene el pelo rapado, ni le hacen comer cosas raras, pero parece que también hubiese vivido en un monasterio porque no podía ir al colegio ni tener amigos. Marga les enseñó muchas fotos y les explicó que su padre lo llevaba por todo el mundo tocando el piano, que era un genio y que componía muchas piezas. ¡Vaya cosa, ella también compone muchas canciones, tal vez algún día también sea famosa! Porque a Laura también le gustaría ir por todo el mundo tocando sus composiciones en el piano, como hacía Mozart, pero no se pondría esas pelucas ridículas ni se perdería todos los días el colegio.

Coge su cuaderno de clase donde Marga le ha organizado como tiene que estudiar esta pieza. Primero tiene que hacer lo mismo que hicieron en la clase: escuchar la grabación de la obra mientras se mueve con ella siguiendo el pulso grande y el pulso pequeño, después cantar la voz de arriba mientras se sigue moviendo y después cantar las notas de bajo mientras escucha patrones sobre ellas. Esta tonalidad de Sol M le resulta sencilla porque ha compuesto muchas piezas en ella y sabe improvisar muy bien incluso haciendo algunas modulaciones a Re, como hace Mozart. Ahora para aprendérsela en el piano, improvisa un ratito en Sol M y después puede elegir entre los muchos juegos que ya conoce: el juego de la nota preferida, el juego del ladrón, el juego de los granitos de trigo, el juego de la granja, el juego del entrenador, el juego de la estatua. Pero hoy se le ocurre un juego nuevo. Se imagina que la mano izquierda es el barco, un transatlántico donde caben muchas personas y en la derecha va organizando personajes, uno es Mozart que viaja hacia Francia, otro es su padre, luego otra vez Mozart, otro es ella misma y también está el niño tibetano, que es el último motivo. Toca varias veces el barco hasta que el sonido le sale de la tripa, como les dice Marga. Luego va tocando los personajes uno por uno, aprendiendo sus pasos de danza, organizando muy bien los deditos y por último todos se van subiendo al barco en marcha.

Olga entra de nuevo en la habitación para llevarse la bandeja del desayuno y escucha encantada el minué que Laura toca embelesada. No parece que vaya a subirle la fiebre.

La niña por fin se levanta del piano y se acerca hacia el dibujo que ha dejado a medias encima del escritorio. Al lado del niño tibetano dibuja a Mozart, muy sonriente, dándole la mano. ¡Ahora ya está completo!

Regresa a Simón y toca de nuevo el Minué. Cuando llega al final agarra la última nota, un sol, y llevándola hacia los graves, la convierte en un gong resonante.

-Este final está mucho mejor, Mozart, porque así le gustará también al niño tibetano.

Un sudor frío le recorre el cuerpo y corre a tumbarse sobre la cama. Olga llega con el termómetro y el frasco del Dalsy.

-Tienes 38º de fiebre, criatura, y andas zumbando por ahí. Tómate el jarabe y descansa hasta que vuelva mamá.

Laura se pregunta si Mozart y el niño tibetano habrían tenido fiebre alguna vez y quien les daría el jarabe. En cambio Simón, ya ves, siempre tan reluciente.

La hora de la verdad

Tiene la sensación de no haber podido pegar ojo en toda la noche. Cada vez que el sueño por fin le vencía, caía en extrañas pesadillas que le hacían agitarse en la cama para finalmente despertarse sobresaltado. Son las 7 de la mañana y Alberto ya no tiene ganas de intentar conciliar otra vez el sueño. Siente una fuerte opresión en el estómago, unas intensas náuseas que le llevan repetidamente al baño.

A pesar de lo mal que se siente, no está preocupado porque conoce muy bien todos estos síntomas, que él llama, desde que era pequeñito, el síndrome del examen de guitarra. Ya desde los semanas anteriores a cada examen, comienza a observar como su sueño se altera, baja considerablemente su apetito, está siempre intranquilo, de mal humor, ansioso, como si todo lo que no fuera tocar la guitarra le pareciese una gran pérdida de tiempo. Y siempre las mismas pesadillas, salir a un escenario con un inmenso boquete negro en el centro y una fuerza que le empuja hacia allí, comenzar a tocar la guitarra y que no suena o que se le rompen todas las cuerdas, salir en pijama al escenario y no encontrar la ropa, examinarse con un tribunal que le pide una obra que es diferente de la que él se sabe…

Pero esta vez es diferente. Es su último examen, aquel que le va a dar un título, por fin una compensación a las innumerables horas de esfuerzos y sacrificios, de dolores y penurias, una oportunidad de hacer realidad sus anhelos y convertirse en concertista, el gran sueño que en algún momento desconocido de su vida se instaló, sin invitación, en lo más profundo de si mismo, como un extraño pasajero sin patria, como una promesa de una felicidad merecida.

Y es también diferente porque no recuerda nunca haber tenido esta sensación tan intensa de impotencia, de apatía, de darle igual todo, de sentirse incluso capaz de tirar por la borda todo cuanto ha ido acumulando a lo largo de los años y que siempre parece ser insuficiente, ser nada comparado con lo que tienen los demás, los realmente buenos, los “dotados”. Le dan ganas de quedarse tumbado sobre la cama, sobre esta cama que le ha acogido silenciosa cada día al regresar de un examen de guitarra, tan imparcial, tan desapegada. Pero sabe que no puede defraudar a su madre que seguramente ya estará levantándose para ponerse bien “guapetona” y acompañar a su hijo, del que luego se siente tan orgullosa que casi siempre acaba por saltársele alguna lagrimilla. Y mucho menos podría defraudar al profesor que curso tras curso le decía después de cada examen: “No está mal, Alberto, has sacado de nuevo sobresaliente, no esperaba menos de ti. Pero si te esforzases más todavía podrías haber tocado mejor. El próximo curso es más difícil y deberás estudiar un poco más.”

Hoy tiene que tocar el concierto de Aranjuez, comienza a repasar mentalmente las primeras notas, pero enseguida se le desdibujan, se le antojan como un galimatías incomprensible, arrinconado en un lugar impreciso y caprichoso de su memoria. Algunas notas las oye, otras las ve, otras parecen estar sólo en sus manos, otras sólo en su cabeza, otras en ninguna parte, interceptando el paso fluido de las demás. Aparecen espectrales los pasajes difíciles,  amenazantes, imposibles. Y de fondo la mirada escrutadora del tribunal. Parece que estuviese incluso oyendo sus pensamientos: “ha cogido un tempo muy lento”, “se nota que le falta velocidad”, “esa frase no la ha cantado bien”, “era mucho mejor el chico anterior”, “el sonido le queda muy apagado”, “qué mal toca el pobre”.

Sólo recuerda con un color diferente el examen de sexto de guitarra. Acababa de cumplir entonces 14 años y había estrenado ese curso una guitarra nueva. Nunca olvidará la pieza que tocó ese día, un Vals de Mateo Carcassi, y que resonaba con una belleza estremecedora entre sus dedos. Como por arte de magia, el miedo pareció transformarse en una cápsula que le transportó a un lugar desconocido. En este lugar cada nota parecía ocuparse de si misma, liberándole a él de toda preocupación, pero otorgándole paradójicamente y al mismo tiempo, un absoluto control sobre ellas. Todo parecía fluir, sin esfuerzo, completo y perfecto, sin tiempo, como si se hubieran abierto para él de pronto las puertas de la música, dejando libres oleadas de bienestar y dicha. Su mente estaba silenciosa y serena, y su cuerpo vibraba fundido con el de la guitarra. Quiso quedarse para siempre allí, que no acabara nunca aquel momento en el que se olvidó de todo y sólo tuvo que ser él mismo. Pero su madre y su profesor se encargaron de hacerle regresar al lugar habitual,  ella llorando en aquella ocasión a moco tendido y él siendo capaz de decir por primera y única vez en su vida: “Bravo muchacho, ¡qué bien has tocado! Tenemos que ir pensando en presentarnos a algún concurso.”

Pero hoy tiene que tocar el concierto de Aranjuez y siente que no se lo sabe, que no puede tocarlo, que no puede afrontar una vez más la mirada inquisitiva del tribunal que le juzga, que no puede soportar el dolor intenso de su brazo derecho que ha terminado por agarrotarle también el izquierdo. Comienza a llorar en furiosas ráfagas, refugiado entre la almohada de su cama, para caer finalmente derrotado por el sueño.

-¡Alberto, hijo, que llegamos tarde al examen!, -dice su madre mientras golpea con los nudillos la puerta de su cuarto.

Alberto se levanta, como un autómata, y se pone la ropa que su madre le ha dejado preparada la noche anterior. A duras penas consigue ingerir un poco de leche y un trozo de galleta, pero no se atreve a comer más por miedo a vomitar.

Todo es tremendamente conocido, el camino al Conservatorio, las escaleras que suben al Salón de Actos, el aula donde los alumnos deben esperar el momento de su actuación, la despedida llena de expectación de su madre, las palmaditas en la espalda del profesor, las caras tensas de sus compañeros, las miradas desamparadas, las manos sudorosas, el cuerpo descompuesto, más presente que de costumbre pero al mismo tiempo más ajeno, el implacable paso del tiempo y la espera angustiosa de la hora de la verdad, una verdad que quieres que llegue pero sólo para que pase y te deje de una vez tranquilo, adormecido en las acogedoras entrañas de tus mentiras.

Pero esta vez es diferente. Está seguro de que es incapaz de tocar. No entiende, ni nunca ha entendido esa inmensa cantidad de notas que se acumulan dentro de una obra musical, no sabe que hacen allí ni que quieren comunicarle, no sabe como ha podido aprenderlas ni sabe por qué le duele tanto el brazo, ni sabe por qué quiere ser concertista. No sabe nada. No puede tocar.

Tan agarrotado está sobre una de las sillas dispuestas desordenadamente en el aula que una de sus compañeras, se acerca hasta él y poniéndose en cuclillas para poder mirarle a la cara le dice:

-¿Qué te pasa Alberto?, ¡estás pálido!

-Quiero irme a mi casa, ¡no voy a examinarme!, -le responde Alberto a penas con un hilo de voz.

-¡Estás loco!, -le responde la chica mientras le zarandea-. Si no tocas hoy tendrás que hacerlo en septiembre y tendrás que pasarte todo el verano tocando la guitarra.

Estas palabras produjeron un efecto fulminante en Alberto que, como si le hubieran metido pólvora en el cuerpo, se incorpora bruscamente de la silla, en el justo momento que oye al bedel pronunciar su nombre para llamarle al Salón de Actos.

No es él el que se encamina con su guitarra por el pasillo del Salón de Actos, asciende al escenario y se sienta sobre la silla de conciertos. No es él el que comienza a tocar las notas del concierto de Aranjuez esquivando como balas enemigas aquellas maléficas frases que cruzan por su conciencia: “te vas a equivocar, ya verás”, “qué mal te está saliendo”, “¿qué nota viene ahora?”, “tu profesor se debe de estar avergonzando de ti”, “se aproxima el pasaje difícil”, “¿quién estará hablando?”. Y si no es él el que hace todas estas cosas, entonces ¿quién es él? Esa frase le produce un vértigo indefinible que le atemoriza y le llena de esperanza al mismo tiempo, como si fuera la puerta ambivalente que dejase atrás la atmósfera enralecida del infierno y le permitiese sentir la brisa fresca del paraíso. Amparado bajo el quicio de esta puerta, Alberto escucha las últimas notas del Concierto de Aranjuez y se levanta golpeando la guitarra contra la silla. Instintivamente mira al profesor que permanece oculto entre un montón de papeles que garabatea con furia. Su madre le abraza emocionada y le dice:

-Ven, déjame que te lleve la guitarra.

Alberto debe de sentarse para que el dolor del brazo no le haga desmayarse y por un momento cree perder la vista. El bedel llama con voz inconfundible al siguiente candidato.

Tarde de luz

Cada año con los primeros calores del verano los niños empiezan a celebrar la inminente llegada de las vacaciones. Pero Laura antes de guardar los gastados zapatos del colegio, almacenar en el trastero los cuadernos coloreados de tiempo y desempolvar la bolsa de playa azul, espera impaciente el concierto de la Escuela de Música que todos los meses de junio se celebra en el Teatro Principal de la localidad. Está muy acostumbrada a dar conciertos, con frecuencia Marga les organiza fiestas, en Navidad, cuando es el cumpleaños de Concertín o cuando llega la primavera, invitan a los padres, abuelos y también a los amigos del cole y tocan para ellos las mejores canciones de su repertorio y las composiciones más logradas de su catálogo. Es un día alegre donde se hace reverencias al público, se comen patatas fritas y uno siente un cosquilleo extraño en la tripa. Pero el concierto del Teatro Principal es algo muy distinto. Todos los compañeros de clase y también los de otros instrumentos preparan algo juntos y el gran Teatro se llena de un público fervoroso que les aclama con sus ovaciones. Laura siempre ha pensado que así se sentirán las princesas de los cuentos el día de su boda, cuando por fin se agarran del brazo de su príncipe amado para oír aquella famosa frase de “y fueron felices y comieron perdices”, es decir, emocionadas y asustadas al mismo tiempo, muy conscientes de ser las protagonistas de la historia.

Este año, como ya es mayor, va a tocar por primera vez ella sola. Han montado los de instrumento y los de lenguaje musical juntos un espectáculo muy bonito que se titula “El pájaro Cú”. Se trata de la historia de un pájaro que nació sin plumas y que por eso vive sólo y avergonzado, sin que nadie le quiera, soñando con poder ser feliz algún día. Los demás pájaros enterados de su desgracia deciden entregarle cada uno una pluma y de esta forma Cú se convierte en el pájaro más hermoso del cielo. Pero se vuelve vanidoso y se pierde un buen día sin que nadie vuelva nunca a saber de él. Iván ha hecho una canción muy bonita que cantarán al principio todos los niños en el coro y después cada uno irá representando, bien solo o bien en grupo, con sus instrumentos, a algún pájaro y el color de la pluma que le entrega a Cú. Al final algunos tocan, otros bailan y todos cantan juntos la canción de Iván, que cierra así el cuento musical.

A Laura le ha tocado representar a la paloma que le da una pluma blanca, por eso ha elegido componer una pieza en Sol Mayor con una segunda parte en mi m. Comienza con unos acordes, lentos, con los brazos muy abiertos, que se van desplegando para simbolizar la paz. La segunda sección, más rápida, comienza con un bajo cromático que busca sin cesar el Sol y descansa sobre él para permitir que la mano derecha sea más volátil y haga figuras libres. Es la primera vez que compone una pieza tan larga y donde los dedos pueden ir tan deprisa, como si quisieran volar. Se le ocurrió después de oír durante muchos días para acostarse la segunda arabesca de Debussy. Le parecía una música llena de pájaros y de colores y le pidió a Marga que se la enseñase. Con algunos acordes de la izquierda y la figura del tresillo de semicorcheas de la derecha, hicieron su versión de la obra y así poco a poco fue saliendo de ella la Balada de la Paloma Blanca. Marga le ha dicho que le ha quedado preciosa y que el próximo curso le tiene que dejar que se la enseñe a otros niños.

Por fin ha llegado el gran día. Mamá le ha puesto una falda y una blusa blanca y una cinta también blanca en el pelo y papá las ha llevado en el coche hasta la puerta del Teatro, eso sí pasando a recoger antes a los abuelos, que nunca se quieren perder nada. Aunque aún faltan tres horas para el concierto, todos los niños han llegado puntuales a la cita para el ensayo general y los padres se despiden con un beso.

Después de sudores y apretones y algún que otro desconcierto, ha terminado el ensayo general y ahora ya sólo quedan unos pocos minutos para salir al escenario del Teatro. Marga les ha reunido a todos en una pequeña salita de los camerinos para ayudarles a prepararse para el gran momento. Les recuerda que la música nos la susurra siempre el duendecillo que nuestro instrumento nos regaló y que guardamos dentro, y que cuando llega la hora del concierto él es también nuestro principal público, por eso debemos hacerle un gran trono en el vientre y sentir allí sus vibraciones y nunca empezar a tocar hasta que no esté bien sentado. No deben dejar que se les escape a la cabeza y mucho menos que se les esconda y no saber donde está. De esta manera la música surgirá fácilmente y sin que tengan que preocuparse, pues él se encargará de todo. Después, con los ojos cerrados, van como encendiendo bombillitas en todo el cuerpo y con esa luz les dice que han de llenar las notas que tocarán después.

La emoción llega al punto culminante, se oye la voz del director presentando el concierto y por fin, ¡adelante!, todos al escenario.

Laura canta con sus compañeros la canción del Pájaro Cú mientras intenta localizar entre el público a sus padres. Le llaman la atención los inmensos focos que cuelgan del techo y que le recuerdan las bombillitas que Marga les hizo encender dentro de su cuerpo antes de salir. Poco a poco se va dejando llevar por la melodía y comienza a sentirse triste por el Pájaro Cú. Allí ve, en el centro del escenario, a Iván que danza al son de su propia música, representando a un pájaro desolado. Después comienzan las escenas instrumentales con la entrega de las plumas. Primero es la urraca, vestida de negro, después el colibrí, vestido de azul, luego el petirrojo, vestido de rojo claro, y por fin ¡la paloma blanca!

Laura se encamina hacia el piano, coloca el asiento, se sienta y espera hasta que ve al duendecillo también allí sentado, dentro de su vientre luminoso. Le oye cantar las primeras notas de su pieza e inmediatamente las manos buscan la misma vibración. ¡Qué bonito suena en este piano tan grande, en este espacio lleno de atención y escucha! De nuevo la fugacidad de la música la trae de vuelta a sus piernas que caminan para situarse frente al público y recibir los cálidos aplausos. Ahora ve a mamá que parece vaya a salirse del asiento y a papá escondido tras la cámara digital. Regresa junto a sus compañeros en el coro y ahora se siente como un poco más grande, como si todo el Teatro cupiese dentro de ella.

A la salida, en el atrio, Laura se entretiene jugando con Iciar e Irene mientras Marga conversa animadamente con sus padres. Ahora se irán a tomar algo con los abuelos y al llegar a casa le contará a Simón que ha tenido un concierto, le tocará la Balada de la Paloma Blanca sólo para él y le dará un beso para que no se ponga celoso.

Y al final la rosa floreció

Alberto

Le llevó mucho tiempo curarse de la grave tendinitis del brazo derecho y de las numerosas contracturas en la espalda. Fueron largos meses de médicos, hospitales y terapias dolorosas pero finalmente pudo librarse de la intervención quirúrgica que habían llegado a diagnosticarle como inevitable. Largos meses sin tocar la guitarra, pero tampoco sin echarlo de menos, de vaciarse de sus ilusiones y de enfrentarse a un futuro incierto. Algo se revelaba dentro de él contra su propio dolor y le decía que eso no podía ser así, que la música, que había aprendido a amar en solitario en lo más profundo de su ser, no podía causarle tanto daño. Quería tocar, pero sobre todo quería disfrutar tocando, recuperar la alegría que la ignorancia de tantos le había arrebatado.

Se miró a si mismo y se descubrió buscando, buscando las causas ocultas del dolor, encontrando nuevos caminos para él y para otros.

Viajó, estudió con varios pedagogos de la guitarra y otros instrumentos en diversos países y pudo construir sobre lo que tenía una nueva relación con la música.

Hoy es feliz dando conciertos de vez en cuando, pero lo que más feliz le hace es ver a sus alumnos agarrar su guitarra con ligereza y entusiasmo y tener la certeza de que a ellos nunca les dolerá el brazo, o por lo menos no a causa de la música. Su mente, como en los días privilegiados del pasado, está serena y silenciosa, atenta para percibir lo inconmensurable que habita en la música y en el corazón de todos sus alumnos.

Laura

Mañana tiene la presentación de su último libro de cuentos. Después del éxito de ventas que supuso “Relatos de Simón”, ya van por la tercera edición, siente una gran responsabilidad con la publicación de este nuevo libro. Como siempre que está nerviosa o alterada por algo, se acerca a su piano para dejarse abandonar entre las amadas formas de sus teclas. Últimamente siempre le viene a la cabeza el preludio en Reb Mayor de Chopin, tal vez porque le guste especialmente esta tonalidad para improvisar y olvidarse de todo. Es increíble pero no puede escribir ni una página si antes no se ha sentado un rato en el piano. A veces piensa que éste es una especie de secreto inconfesable, como si su talento no fuese realmente literario sino musical. Incluso cuando ya le desborda imparable la historia del próximo cuento y corre a sentarse en el ordenador, necesita seguir canturreando lo que estaba tocando.

Suena el teléfono y se aproxima sin prisa para cogerlo. Es su agente para tranquilizarla y decirle que todo está apunto para la presentación y que está convencido de que este libro también será un éxito.

Al colgar el teléfono Laura se da cuenta de lo poco que en realidad le importa el éxito. Y esto le da la idea para un nuevo cuento. Es la historia  de un anciano que viajaba por el mundo con un cuenco vacío y todo el mundo al verle y sintiendo lástima de él, quería llenárselo. Unos de agua fresca, otros de embriagador vino, otros de oro fundido. Y él decía a todos que no, que lo único que amaba era su cuenco vacío. Nadie le comprendía, pero cuando llegó junto a la morada de la música su cuenco pudo resonar con tanta belleza que en aquel mismo instante alcanzó lo eterno.

Tampoco ahora tiene prisa en escribir este cuento. Se sienta en el piano para dejar resonar la música de su corazón vacío.