Estamos en una época de cambios profundos y uno de los ámbitos donde se está sintiendo más la necesidad de abrir nuevos horizontes es en la educación.  Si queremos una sociedad mejor, necesitaremos una educación mejor. Cada vez hay más padres que comprenden que la lucha desenfrenada por un éxito basado en la competitividad y la aniquilación de aspectos tan esenciales de nuestro potencial humano como es la creatividad, en pos de una intelectualización y memorización alienante, no es el verdadero camino de felicidad que quieren construir para sus hijos. La crisis educativa es general y ya se pone la vista en otros modelos, como el finlandés, que sientan la base de una sociedad más armónica, equilibrada y solidaria, constituida por seres humanos más realizados y felices.

            En la enseñanza musical las cosas parecen estar más estancadas que en otras áreas porque aunque con frecuencia se reivindica más música en la educación general, normalmente no se profundiza de qué tipo de enseñanza musical estamos hablando, y los debates se centran más en la cantidad que en la calidad. Por otro lado los padres que optan por una educación musical más intensa para sus hijos y los llevan a una escuela de música o conservatorio, parecen sentirse muy satisfechos cuando les ven manejar la partitura y ser capaces de ejecutar sus primeras piezas en un instrumento musical. Parece que por ser música ya todo esté bien hecho y la manera en la que se esté aprendiendo sea la única y más adecuada forma de hacerlo. Está tan difundida la idea de que aprender música es equivalente a aprender a leer música, que los padres no se plantean ni tienen criterio para saber que realmente ahí yace una confusión enorme de consecuencias tremendas. Además no parece haber ninguna alternativa, tan solo alguna actividad musical tal vez muy lúdica pero que no deja aprendizajes significativos en los niños. Se divierten sí, pero ¿realmente aprenden?

            Nuestra mente humana es fascinante y tiene capacidades asombrosas, pero también nos aleja de la experiencia directa de las cosas cuando construye sobre ellas grandes artificios que acaban perdiendo el contacto esencial y verdadero con el hecho en sí. Esto es lo que ha ocurrido con la enseñanza de la música en nuestros días, donde padecemos un paulatino y continuo olvido histórico de la música como hecho real y sonoro. Nuestra cultura ha llegado a crear una música tan compleja y tan basada en la escritura musical, que hemos querido coger el ramo por las flores, y hemos olvidado la raíz que enraíza el verdadero crecimiento musical. La música es  algo que se experimenta de forma directa, con la sencilla canción o el recitado rítmico, y de cuya experiencia la mente extrae y crea significaciones, cada vez más diferenciadas y complejas, algo para lo que está perfectamente diseñada. Aprender música no es lo mismo que aprender a leer música, es algo mucho más grande, significativo y profundo. Una clase de música que se basa en explicaciones sean estas sobre escritura musical, sobre teoría de la música, sobre las vidas de los compositores o sobre los instrumentos musicales, no es realmente una clase de música, es una clase sobre la música y sus elementos.

            Quien aprende música a través de descifrar los símbolos de la partitura e interpretarlos en un instrumento musical, está aprendiendo exactamente esta habilidad, pero está recibiendo una formación muy deficiente cómo músico, porque lo más importante que está aprendiendo lo está haciendo a nivel inconsciente, lo que le impide desarrollarlo convenientemente.

            Desde hace 3 años ha abierto sus puertas en Madrid, un proyecto de educación musical pionero basado en las investigaciones más completas que se han podido hacer hasta el momento, a nivel neurológico, de cómo aprendemos música. Es un proyecto ligado al Instituto Gordon de Educación Musical España (IGEME) ya que ambos se complementan en sus objetivos. La Escuela de Música con Corazón es el proyecto educativo que realiza los principios filosóficos, educativos y metodológicos que IGEME difunde en toda España través de sus programas formativos.

            Normalmente en la enseñanza tradicional se comienza con la música sobre los 8 años cuando los niños ya están maduros intelectualmente para procesar la escritura musical. Aunque cada vez se ha ido extendiendo más una etapa previa de música y movimiento, entre los 4 y 7 años, los profesores no establecen una continuidad entre estas experiencias lúdicas y el aprendizaje conceptual a partir del solfeo a los 8 años. No se sabe especificar exactamente que habilidades han desarrollado los niños y que construir a continuación sobre ellas. Hay un hueco entre una etapa y otra que suele desmotivar mucho a los niños, lo que sólo compensa la novedad del aprendizaje del instrumento. Antes de los 4 años se considera que el niño poco tiene que aprender porque aún no está maduro para recibir una educación que requiere concentración, madurez motriz, mental y emocional. A partir de los 8 años los alumnos aprenden con la partitura y en clases individuales de instrumento, con otro profesor diferente al del lenguaje musical, irán utilizando sus habilidades descifradoras para ir reproduciendo una a una las notas que la partitura les dice, mientras se centran al mismo tiempo en los desafíos de la técnica de su instrumento. Los profesores que quieren alejarse un poco de este modelo porque se dan cuenta de las grandes dificultades que tienen los niños con él y no quieren que comiencen a sentirse frustrados gran parte de ellos, lo facilitan utilizando la imitación. Eso como dice el refrán popular es “pan para hoy pero hambre para mañana”. El aprendizaje imitativo es limitado ya que el alumno se vuelve dependiente de su profesor y no es capaz de procesar la música por sí mismo. El paso a la lectura puede ser traumático. El sistema tonal que se utiliza es el del DO FIJO, hay muy pocos países que utilicen este sistema, que es absolutamente nefasto para la asimilación conceptual tonal de la música, y para el ritmo escasean los referentes corporales y los sistemas sílabicos utilizados son incompletos y normalmente necesitan apoyarse en la teoría musical.

            La Escuela de Música con Corazón propone, en su proyecto educativo, un camino de aprendizaje musical muy diferente desde el inicio de la vida, porque desde que nacemos estamos aprendiendo y precisamente es en los primeros meses y años de vida cuando lo que aprendemos más nos impacta e influye para el resto de nuestra vida. El bebé que crece rodeado de música verá toda su personalidad y todas sus habilidades mentales y emocionales influidas por este aprendizaje. Porque la música es un lenguaje y debe aprenderse como tal. No se requiere ninguna madurez motriz, ni emocional, ni mental especial para comenzar a absorber música y a interactuar con ella. Música rica, en diferentes modos y métricas musicales, contrastes sonoros y tímbricos será el hábitat donde puede crecer el amor a la música que brota cuando la asimilamos desde la cuna en un ambiente de conexión emocional.

            La clase de música va creciendo con los pequeños músicos, cuyas habilidades básicas serán desarrollar su voz de cantar, moverse con musicalidad, escuchar, sentir, imitar, discriminar, comparar, realizar, ajustar, improvisar, en definitiva ir captando la lógica interna de un lenguaje de energía y expresión que se encuentra y afecta a la totalidad de su ser. El niño que aprende música nos lo demuestra no por las explicaciones que nos pueda ir dando sino porque le veremos irse comportando de manera musical, su voz, su cuerpo, su reacción a la música, su capacidad de comenzar a crearla. Va madurando como persona y como músico al mismo tiempo.

            Después ascendemos hacia la parte conceptual. Ponemos sílabas tonales a los sonidos, con el DO MOVIL los niños se hacen conscientes de las relaciones tonales que cohesionan los sonidos. Ponemos sílabas rítmicas a nuestros patrones rítmicos asentados en la fluidez de nuestro movimiento corporal. A la edad apropiada aparece el instrumento musical, cuyo aprendizaje se integra en la clase de música y siempre rodeados de compañeros para tocar juntos, improvisar. El niño toca en el instrumento lo que escucha en su interior, canciones que comprende tonalmente porque oye sus sílabas tonales en su cabeza, o lo que inventa, explorando o imaginando.

            Cuando el niño ya tiene una base muy sólida tocando, improvisando, cantando, su coordinación corporal es óptima y maneja las sílabas tonales y rítmicas con soltura, aproximadamente hacia los 9 o 10 años, es el momento de comenzar a leer y escribir música. Los niños reconocerán en la partitura los patrones que ya conocen y sabrán cómo suenan sin necesidad de tocarlos previamente en el instrumento.

            El espacio de la clase de música se convierte así en un espacio amplio, dilatado en el tiempo, donde conviven incluso niños de diferentes edades, y que ofrece la posibilidad de crecer a cada uno a su ritmo. Los niños se van musicalizando, aprenden a tocar un instrumento hasta donde ellos estén dispuestos a llegar.  Los niños que aprenden así suelen regular por sí mismos la práctica en casa. Les gusta cantar lo que tocan, tocar lo que cantan, explorar, improvisar, variar las canciones que saben, tener su repertorio, etc.

            Desde luego cada día se habla más de los grandes beneficios de aprender música. Y eso es así sin duda, pero para ello debemos asegurarnos de que realmente estamos aprendiendo música.

Marisa Pérez

Directora y fundadora de Escuela de Música con Corazón

www.musicaconcorazon.com